Disolviendo barreras mentales

A medida que crecemos vamos incorporando información y construyendo un sistema de ideas que luego utilizamos como parámetro para tomar decisiones y evaluar cómo deberíamos ser y vivir.  Todos necesitamos de estos pensamientos para funcionar, es decir, una programación. A veces ocurre que, al percibir la realidad, experimentamos miedos que nos bloquean, nos paralizan. Nos encontramos, a menudo, enojados, decepcionados, desilusionados y deseando comprender esas emociones para poder responder desde un lugar que nos permita cultivar valores, sueños, anhelos. Nos descubrimos esforzándonos cada vez más en un intento de que la realidad coincida con nuestros modelos mentales. Existe otro camino: identificar y disolver aquellas barreras que nos están impidiendo escucharnos, respetarnos, comprendernos, valorarnos. 

Puede que algunas acciones que nos desmotivan las continuemos realizando por lealtad a otras personas. A veces incorporamos creencias que nos enseñan que solo sentimos amor cuando cumplimos con las expectativas de alguien más o que nos indican aquello que debemos realizar y lo que no para sentir que merecemos ser valorados, queridos, reconocidos por los demás. Todos estos pensamientos condicionan nuestro estado del ser más puro: nuestra autenticidad, nuestra inocencia, nuestro bienestar. Quizás almorcemos todos los domingos en la casa de un tío sólo para evitar su disgusto o porque así debe ser, puede que elijamos cierta profesión porque ese ámbito laboral fue el que siempre se apreció en nuestra familia y si elijo otro, quizás crea que no lo van a valorar. Pero estas creencias están en nuestra mente y eso nos da la posibilidad de comprenderlas, asumirlas y transcenderlas. Preguntarnos ¿qué busco lograr sosteniendo esta acción o pensamiento? es un buen punto de partida para descubrir qué acciones están basadas en obtener una valoración externa y cuáles en desarrollar nuestro potencial, contribuir en la comunidad y crecer como persona. 

La asociación de estímulos y respuestas nos lleva a elaborar conclusiones a las que les atribuimos la condición de verdades absolutas, que con el tiempo dejamos de cuestionarlas. De esta manera, llegamos a sostener por años ideas como que el hecho de que el otro piense distinto significa que yo no valgo, que si la otra persona no valida mi decisión significa que no soy suficiente, que si mi petición no es aceptada es porque no soy valioso, etc. Cuando en realidad, esas asociaciones están bloqueando nuestra conexión con nuestra propia valoración y respeto. Al tomar consciencia de este mecanismo, podemos descubrir que el otro responde según su propio sistema de creencias y que lo que expresa nada tiene que ver con nosotros, sino que es el resultado de cómo esa persona ha aprendido a interpretar y reaccionar ante determinadas experiencias. Para encontrar este tipo de bloqueos podemos observar qué pensamos sobre nosotros mismos en una determinada situación y preguntarnos si esa asociación tiene sentido en nuestro presente. Descubriremos que nada externo puede definir nuestra capacidad y valor como ser humano. 

La repetición sistemática de ciertas acciones consideradas valiosas genera hábitos que luego la mente automatiza; pasan a realizarse de manera inconsciente, natural, y olvidamos que podemos reflexionar al respecto y evaluar su eficacia actual. Así como automatizamos los pasos que nos permiten manejar un auto, de la misma manera, podemos dar por sentado comportamientos, por ejemplo, que nos lleven a callar y evitar tomar decisiones cada vez que vemos que alguien se enoja. Este hábito quizás pueda haber sido útil en algún momento de nuestra vida, pero puede no serlo en nuestro presente donde expresar nuestro punto de vista, hacer preguntas clarificadoras al interlocutor y comprender la necesidad del hablante, pueden llevarnos a una comprensión mutua y cooperación en propósitos comunes. Una manera de iluminar este tipo de circunstancias es preguntándonos para qué hago lo que hago y evaluando si la estrategia que utilizo es eficaz para lograr lo que anhelo o es momento de actualizarla. 

Podemos actualizar nuestro sistema de creencias para que se convierta en un recurso a nuestro favor, para que contribuya en nuestro propósito de vivir en plenitud y en conexión con nosotros mismos, con nuestra autenticidad, nuestra verdad, nuestra inocencia, en definitiva, con el amor que habita en cada uno de nosotros.  Estamos hechos a imagen y semejanza de nuestro creador. En nosotros habita la misma esencia que habita en todo ser: amor genuino. 

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